Catalina Diéguez
Periodismo
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Tiempo de lectura:5 minutos
Un bebé no elige a quién amar por casualidad: se aferra a quien lo mantiene con vida. Detrás de una mirada, un llanto calmado o un abrazo que tranquiliza, opera uno de los sistemas más antiguos de la biología humana. Antes de explicar de dónde viene el apego, vale la pena entender por qué, sin él, ninguno de nosotros habría sobrevivido a la infancia.
El apego es un vínculo propio de los seres humanos y de otros mamíferos, producto de nuestra condición altricial: nacemos “inmaduros” y, por lo tanto, indefensos y vulnerables frente a los riesgos del entorno. A continuación explicamos por qué el apego existe, cómo se origina desde antes del nacimiento y de qué manera moldea el desarrollo de niños y niñas a lo largo de toda la vida.
Es importante diferenciar el apego del vínculo afectivo. Este último puede ser unidireccional o bidireccional y se caracteriza por sentimientos de aproximación como el cariño y el amor. El apego, en cambio, ocurre cuando la niña o el niño identifica a un cuidador como figura de apego, la persona con quien se siente seguro. La seguridad es el sentimiento central de este vínculo, y permite regular emocionalmente a un menor ante sensaciones de amenaza. Por eso, quien se “apega” es el niño a su cuidador (madre, padre u otro adulto significativo), y no al revés.
El apego surge, entonces, a partir de un sistema de cuidado: una relación de confianza en la que el adulto tiene la expectativa de cuidar y el niño, la expectativa de ser cuidado.
El apego existe porque nacemos “inmaduros”: nuestra condición altricial nos deja indefensos y vulnerables frente a los riesgos del entorno, por lo que dependemos por completo de un adulto para sobrevivir. La naturaleza resolvió esto generando sistemas de cuidado que permiten a los mamíferos subsistir pese a esa fragilidad inicial.
Tanto en la antigüedad como hoy, seguimos expuestos a las mismas necesidades de hace miles de años: alimentación, abrigo y seguridad. Por eso un sistema de cuidado resultaba, y resulta, indispensable para la supervivencia de nuestra especie y de muchas otras.
Todo comienza, posiblemente, con los procesos de impronta descritos por Konrad Lorenz hace décadas: las crías se acercan a sus progenitores porque estos cuentan con características atractivas para ellas, como su calidez, sus movimientos y sus sonidos, familiares desde la gestación intrauterina. Es un proceso altamente sensorial.
El sistema de apego surge desde el período prenatal. Desde el imaginario, los futuros cuidadores ya están creando expectativas sobre el cuidado de sus hijos. De forma transversal en los mamíferos, sustancias como la dopamina y la oxitocina modelan conductas maternales y paternales orientadas al cuidado del bebé que aún no nace.
Desde el nacimiento se genera un cambio radical en el proceso neurobiológico de vinculación, ya que se activa la liberación de oxitocina (OT), que promueve sensaciones agradables y satisfactorias vinculadas a la imagen del bebé y al ejercicio de su cuidado. Por eso el acto de cuidar resulta satisfactorio en sí mismo: genera un feedback (más liberación de oxitocina) que mantiene la protección en el tiempo, especialmente durante la primera infancia.
A su vez, la actividad dopaminérgica consolida el vínculo, otorgando sentido de regularidad y estabilidad a través del sistema de recompensa, dada la satisfacción mutua que genera el cuidado (Feldman, 2017).
| Sustancia | Momento en que actúa | Efecto principal |
|---|---|---|
| Oxitocina (OT) | Desde el nacimiento y durante la primera infancia. | Genera sensaciones agradables asociadas al cuidado y refuerza la protección en el tiempo. |
| Dopamina | Desde el período prenatal, de forma sostenida. | Consolida el vínculo mediante el sistema de recompensa, dando estabilidad y regularidad. |
Durante la infancia y la adolescencia, el sistema nervioso no se desarrolla de manera uniforme: distintas áreas cerebrales maduran en diferentes momentos, hasta alrededor de los 20 años. Como señala Knudsen (2004), cada área cerebral madura durante un período crítico sensible a la estimulación externa, y esa maduración ocurre a través del cuidado y el afecto, incidiendo en la arquitectura cerebral con la que la persona enfrentará después situaciones de interacción y vínculo.
La consolidación del apego es un proceso activo que emerge de la interacción continua entre el bebé y sus cuidadores, y sienta las bases de cómo nos vinculamos con otros en la vida adulta, sobre todo en relaciones de pareja y de amistad, en torno al sentido de resguardo y seguridad.
El estilo de apego entrega información clave sobre cómo reacciona un niño frente al estrés, en función de su temperamento y de cómo los adultos han regulado esas situaciones. Existen cuatro estilos: seguro, evitativo, ansioso (o ambivalente) y desorganizado. Este vínculo trasciende a lo largo de la vida, aunque puede modificarse.
El niño con apego seguro confía en la disponibilidad de su cuidador: expresa su malestar directamente y, una vez consolado, retoma sin problemas la exploración y el juego. Esta base de confianza suele traducirse, en la adultez, en personas abiertas, con autoestima alta y capaces de sostener relaciones de pareja estables y confiables.
En el apego evitativo, el niño tiende a evitar el contacto físico y la expresión abierta del malestar; busca calmarse por sí mismo y muestra una independencia prematura, muchas veces como estrategia para no exponer una necesidad que no fue bien recibida por el cuidador. En la adultez, este estilo puede expresarse como distanciamiento afectivo (evitativo alejado) o como dependencia con temor a la intimidad (evitativo temeroso).
El apego ansioso (también llamado inseguro ambivalente) se caracteriza porque el niño se aferra a su cuidador, pero al mismo tiempo muestra frustración y enojo, expresando el malestar de forma intensa o exagerada, como si necesitara asegurarse de que la disponibilidad del adulto es real. En la vida adulta, este patrón suele manifestarse como dependencia emocional, celos, ansiedad y una necesidad constante de aprobación en la pareja.
El apego desorganizado es el más complejo de los cuatro: el niño experimenta miedo, confusión y un estrés muy alto frente al adulto, con conductas contradictorias de acercamiento y evitación simultáneas. En la adultez, puede traducirse en una necesidad de cercanía física combinada con distancia mental y una marcada desregulación afectiva.
Esta sección se basa en el ebook Metodología A.M.A.R.: ver el mundo desde los ojos de la infancia, elaborado junto al PhD. Mg. Felipe Lecannelier, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid (España), Magíster en Epistemología y Filosofía de las Ciencias por la Universidad de Chile, docente e investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago, y especialista en Investigación e Intervención en Apego Infantil por el University College London y el Anna Freud Centre de Londres.
Lecannelier plantea una pregunta central: ¿cómo están los niños en el mundo actual, en términos de su salud y bienestar emocional? A partir de ella propone la metodología A.M.A.R., centrada en la capacidad de los adultos para “tener en mente la mente del niño” y así fortalecer el vínculo de apego.
| Componente | Significado |
|---|---|
| Atención | Mirar al niño en su individualidad e identificar cómo expresa su estrés, conociendo su temperamento particular. |
| Mentalización | Preguntarse, reflexionar y comprender los pensamientos, sentimientos y necesidades del niño en momentos de estrés. |
| Automentalización | Que el adulto identifique qué le ocurre a él mismo frente al malestar del niño, para no proyectar sus propias emociones negativas. |
| Regulación | Aplicar estrategias de cuidado que reduzcan el estrés del niño y aumenten su seguridad emocional. |
Para lograr un cuidado respetuoso y emocionalmente sensible, la metodología propone cuatro principios: aprender a tener en mente la mente del niño; no hacerle al niño lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros; comprender que el rol del adulto es aceptar y empatizar con su estrés (no reprimirlo); y entender que el estrés es, precisamente, la forma que tienen los niños de expresar sus emociones y pedir ayuda.
Como resume Lecannelier, “no hay una receta mágica” en la crianza: cada niño es distinto y cada estado emocional es único, por lo que la clave está en Atender, Mentalizar, Automentalizar y Regular según la edad y el momento emocional de cada niño.
La metodología A.M.A.R. también invita a recuperar necesidades ancestrales que el ritmo del mundo moderno suele desplazar: el sueño (ligado al vínculo y la seguridad, no solo al descanso), la alimentación (una instancia relacional, no una tarea), la lactancia (un espacio donde el bebé aprende a diferenciar lo que quiere y necesita) y el apego mismo, sostenido antes de forma comunitaria y hoy tensionado por las exigencias laborales y sociales.
La velocidad del mundo actual ha ampliado la distancia entre las necesidades ancestrales de los niños y las exigencias del mundo moderno, generando tensión entre lo que un niño necesita biológicamente y las prácticas de crianza que impone la sociedad. La metodología A.M.A.R. recuerda algo simple pero fácil de olvidar: lo que resulta importante para los adultos muchas veces no lo es para los niños. Aun así, es posible criar desde el instinto y el vínculo: atendiendo, mentalizando, automentalizando y regulando a cada niño según su momento y su forma particular de sentir. En Adipa seguiremos informando y trabajando para mejorar la salud mental del mundo a través de la educación y la tecnología.
No. El vínculo afectivo (cariño, amor) puede ser unidireccional o bidireccional, mientras que el apego es específicamente la relación de seguridad que el niño construye con su figura de cuidado.
Porque desde el período prenatal los cuidadores ya generan expectativas de cuidado, y sustancias como la dopamina y la oxitocina comienzan a modelar las conductas maternales y paternales orientadas al bebé.
El apego trasciende a lo largo de la vida e influye en cómo nos relacionamos de adultos, pero puede modificarse con nuevas experiencias vinculares y de regulación emocional.
Es una propuesta del Dr. Felipe Lecannelier centrada en cuatro capacidades del adulto: Atención, Mentalización, Automentalización y Regulación, orientadas a fomentar seguridad y confianza emocional en los niños.
Puede favorecer estilos de apego inseguros (evitativo, ambivalente o desorganizado), que en la adultez suelen expresarse como dificultades en la intimidad, la confianza o la regulación emocional en las relaciones de pareja.
Feldman, R. (2017). The neurobiology of human attachments. Trends in Cognitive Sciences, 21(2), 80-99. 10.1016/j.tics.2016.11.007
Knudsen, E. I. (2004). Sensitive periods in the development of the brain and behavior. Journal of Cognitive Neuroscience, 16(8), 1412-1425. 10.1162/0898929042304796
Lecannelier, F. (2016). A.M.A.R.: Hacia un cuidado respetuoso de apego en la infancia. B de Books.
Lecannelier, F. (2018). El trauma oculto en la infancia. Sudamericana.
Diéguez, C. (2025). Apego ¿De dónde surge este vínculo?. ADIPA. https://adipa.ar/noticias/apego-de-donde-surge-este-vinculo/
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